Dejamos Argentina después de
dos meses desde nuestra entrada por B. Aires. El paso a Chile lo realizamos por
la frontera del cardenal Antonio Samoré. Poco antes vimos a Marcelo, el
camionero chileno que conocimos en la YPF (gasolineras argentinas de capital
estatal) de Gobernador Gregores diez días antes. Hace la ruta de Santiago a
Punta Arenas con su Freightliner de 4,5 millones recorridos, nos reconoció
desde su camión, con pitidos saludos y los brazos en alto nos deseamos buen
viaje (nos hizo ilusión volverlo a ver).
Nuestro destino es Osorno,
ciudad que se encuentra en el centro del país. Pero unos 30 kms antes, vimos un
cartel (que resultaba seductor) en el que anunciaba la entrada a un museo de
coches antiguos, marca Studebakers. Al lado del museo se encuentra un
restaurante en el que comimos, todo está situado en la misma propiedad. La casa
del dueño se encuentra en lo alto de la finca. Por la tarde coincidimos con una
pareja de turcos (de Estambul) que pilotaban sendas Yamahas de 125 cc, sí,
habéis leído bien, con esa cilindrada se puede viajar y mucho, ellos se proponían
viajar dos años por Sudamérica, a una velocidad que nunca pasara de 70 km a la
hora. En la noche nos quedamos dentro del recinto, teníamos la intención de ver
el museo a la mañana siguiente.
Don Bernardo Eggers es el
propietario de todo el complejo, sus bisabuelos vinieron de Alemania a últimos
del siglo XIX y es al que se le ocurrió la idea del museo. Tuvimos la suerte de
que él en persona nos enseñara la colección (le dijeron que visitantes españoles
querían ver los coches). En la vida de este hombre hay un momento de inflexión
y se produce el 25 de enero del año 1955 (yo nací el 24 de enero del mismo año).
Nos cuenta que desde niño le gustaban mucho los autos, pero el día que cumplía
13 años sus padres, en una camioneta Studebaker viniendo de Osorno para
celebrar su cumpleaños, tuvieron un accidente y murieron. De repente, borró de
su mente todo lo relacionado con el mundo de la automoción. Pasaron los años y
la herida cicatrizó. Un día apareció la oportunidad de adquirir un lote de
estos coches y no se lo pensó, los compró y ese fue el comienzo del museo
privado de Studebakers más importante del mundo.
El señor Bernardo en la
actualidad va a cumplir 75 años, parece que tiene algún problema de salud, le
deseamos que se recupere pronto de esos achaques, son de esas personas cultas,
irónicas, pero a la vez prudentes, que da gusto oír, nos gustó su compañía. El
museo es una maravilla, recomendado sin ninguna duda para todos aquellos que
viajen por las inmediaciones de Osorno (que por cierto también nos gustó).
Proseguimos nuestro viaje y
decidimos ir a la costa, atravesamos el país y llegamos a bahía Mansa y San
Juan de la Costa. Después de pasear por la playa y teniendo el Pacífico como
telón de fondo, regresamos a Osorno para continuar con nuestro viaje hacia el
norte. La ruta 5 es la parte chilena
de la Panamericana, es una carretera de doble carril en casi todo su recorrido,
nosotros la hemos empezado en Osorno y la terminaremos en Arica, cerca de la
frontera de Perú.
Tuvimos días de carretera,
pasamos Temuco, los Ángeles, Chillán, Talca, Rancagua, nuestra meta era
Santiago (la capital del País). Todos esos días hemos pernoctado en gasolineras
COPEC (son como las YPF argentinas) en esta parte de Chile son buenas: tienen
baños, cafeterías, wifi y podemos abastecernos de agua. En el norte del país la
calidad baja notablemente. Fueron kilómetros de mucho
tráfico, desde puerto Montt hasta Santiago, se concentra la mayor parte de la
población, es una zona de alta densidad de tránsito de camiones, muchos van
cargados con troncos de árboles, en esta parte del país la industria
relacionada con la madera es notable, pues hay mucho bosque a un lado y otro de
la carretera.
Pensamos que entrar con
Juanita en Santiago no era conveniente (y en general en todas las grandes ciudades)
así que después de varias tentativas y preguntando, logramos dar con un camping
en Paine, localidad situada a unos 60 kms de Santiago. Nuestra idea es dejarla
allí y desplazarnos a la capital en bus.
El camping el Pantanal está
pensado para familias, la estrella es la piscina que hace las delicias de los
pequeños y jóvenes. Dejamos a Juanita descansando a la sombra de un gran árbol
y a la mañana siguiente sobre las 9,00 h nos subíamos a un autobús que nos dejó
dos horas más tarde en el centro de la capital. Santiago es una gran urbe, te
tienes que hacer poco a poco a ella. En un primer momento visitamos la estación
Central, allí coincidimos con la celebración de un acto que nos llamó la
atención. Hacía justamente tres años se había producido un accidente
ferroviario con el resultado de dos compañeros maquinistas muertos, sus
fotografías estaban en un atril en el andén principal de la estación. Al
terminar el oficio religioso, pregunto a una persona que me parecía maquinista
(todos del ramo tenemos la misma pinta) y me confirma que han celebrado una
misa en su recuerdo. El accidente se produjo en un paso a nivel, un camión
cargado de melaza pasaba en el mismo momento que venía el tren, una unidad 440
que hacía un trayecto con destino a la ciudad de Temuco (creo recordar).
Afortunadamente la unidad iba aislada (sin pasajeros) por lo que la gravedad
del siniestro pudo haber sido mucho mayor.
Tuve la oportunidad de conocer
a más compañeros maquinistas (incluido un monitor que muy amablemente me regaló
una taza con el logo de un sindicato ferroviario). A todos ellos un saludo
afectuoso y seguro que también, la solidaridad de todos mis compañeros en
España para con ellos.
Continuamos nuestro periplo
por la ciudad viajando en el metro, nos apeamos cerca del palacio de la Moneda
(sede de la presidencia del país) después llegamos a la calle Ahumada que es
peatonal y una de las más concurridas.
Estando en la Plaza de Armas,
donde se encuentra el monumento a Pedro de Valdivia (fundador de la ciudad en
1541) estábamos liados con el mapa, cuando de repente una persona se ofreció a
ayudarnos, efectivamente era la Plaza de Armas y no la de Brasil como
erróneamente venía puesta. Una vez aclarado el asunto nos dice que a donde nos
dirigimos, le decimos que pensamos ir al Mercado Central a comer, amablemente
nos dice que está esperando a su “compadre” y que si no tenemos inconveniente
los dos piensan almorzar en un mercado próximo, pero no tan turístico como el
Central y podemos comer con ellos. Gloria despliega su inquietud (con razón)
porque tanta amabilidad es mosqueante, o son chorizos (maleantes) o gente que
simplemente quieren echarte una mano sin ningún interés. Llega él compadre nos presentamos y los cuatro
nos encaminamos al mercado. José Luis y Juan son nuestros acompañantes, ellos
me hablan y Gloria me aprieta la mano para que no les cuente nada, no sé qué
hacer si contestar o no, al principio con monosílabos y después con respuestas
no comprometedoras vamos caminando. Estoy alerta pero tranquilo y trato de analizar
con calma cualquier pista que los delate. Poco a poco voy enlazando la
situación y sin bajar el periscopio llego a la conclusión de que su posición es
simplemente de amabilidad. Ésta se confirma al final, cuando José Luis nos
invita al almuerzo. Resulta ser un alto mando de los carabineros, teniente
coronel (estoy seguro pues es un hombre joven, no llega a los 50 años) que
llegará al generalato. El “compadre” Juan, es como un hermano mayor, se conocen
de toda la vida, él gestiona su tiempo, es autónomo. La comida se desarrolló
entre risas y una charla entretenida. Ellos tenían que trabajar, pero nos
acompañaron por Santiago hasta media tarde. Lo que más me gustó de todo, fue la
humildad y la familiaridad que mostraron con nosotros. Gracias por vuestra
compañía y esperamos que algún día volvamos a vernos. José Luis conoce España,
en el año 2012 estuvo tres meses en Aranjuez haciendo el curso de ascenso de
mayor a teniente coronel, pero no conoce Salamanca, se perdió lo mejor,
jajajaja… así que es tiene un buen motivo para volver.
En Santiago dormimos en el hotel
España (pura coincidencia). Al día siguiente, subimos a los cerros de Santa
Lucia y de San Cristóbal, éste es el más alto de la ciudad y subimos en funicular
y bajamos en teleférico, desde arriba se aprecian unas vistas de la ciudad
espectaculares. Al final del día después de
patear por la ciudad, nos subimos al último bus que salía hacia Paine, después
de un trayecto agotador llegamos al camping molidos, menos mal que nos esperaba
Juanita dispuesta a bridarnos su acogedora casa. Aquella noche dormimos como
focas.
A la mañana siguiente seguimos
nuestro viaje con rumbo a Valparaíso y Viña del Mar, estas ciudades están
prácticamente juntas y son costeras. En la autopista que las une con Santiago
vimos gran cantidad de gente, unos iban andando (la mayoría) y otros en carros
tirados por mulas. Por la radio nos enteramos que van de peregrinación a un
santuario que se encuentra a unos 30 km al norte de estas dos ciudades.
Valparaíso es un puerto
importante de Chile, tuvo su momento de esplendor, pero la apertura del canal
de Panamá redujo drásticamente el número de barcos que atracaban para descargar
o cargar mercancías. En la actualidad parece que vuelve a tener auge, pues los
cruceros llenos de turistas que quieren conocer las dos ciudades, ya que éstas
se encuentran en la ruta hacia cabo de Hornos, Ushuaia y la Antártida.
Viña del Mar es más turística y refinada,
tiene edificios mejor conservados y la ciudad está más cuidada, el casino tiene
fama a nivel mundial. La gente más adinerada de Santiago tiene apartamentos y
chalets en esta ciudad.
Encontramos un aparcamiento
enfrente del casino. Por la tarde la dedicamos a pasear por la ciudad, más
tarde cenamos una especie de perritos calientes que parecían de dinosaurio por
el tamaño que tenían, como estábamos lejos de Juanita hicimos la digestión en
el trayecto. Al día siguiente recorrimos la
ciudad con Juanita y llenamos el depósito de gasoil (es una norma, pues no
sabes que distancia puede haber hasta la siguiente gasolinera). Nuestra meta
era recorrer la carretera de la costa hasta incorporarnos otra vez a la ruta 5.
El camino discurre al lado del
Océano y está densamente urbanizado. Pasamos por cantidad de pueblos todos muy
turísticos y casi al final, nos encontramos con el que más nos gustó, se llama
Cachagua. Es muy elitista, pero no está masificado como los demás, tiene una
playa larguísima de arena fina que la recorrimos, en el paseo observamos
cantidad de pelícanos que volaban casi rozando el agua, también vimos casas de
las que te quitan el hipo.
Estando en Juanita comiendo,
llegaron unas personas que se fijaron especialmente en ella. Finalmente se presentaron,
eran españoles (de Madrid) estaban de vacaciones y el matrimonio de más edad
visitaba a su hija María y al yerno (éste era argentino) ambos, llevaban un año
en Valparaíso y los dos son profesores en una universidad de esta ciudad.
Charlamos un rato y nos contamos las anécdotas del viaje, pasamos un rato
agradable. Ojalá les vaya bien en esta etapa de su vida que acaban de empezar.
A media tarde continuamos el
viaje y al cabo de unos cuantos km volvemos a encontrarnos con la ruta 5, como
estamos cansados y vemos que el Sol está de retirada, nos dirigimos a un pueblo
que vemos en la costa y que se hace llamar Pichidangui. Aparcamos en la
costanera y estiramos piernas, paseando por el puerto vemos a los pescadores
salir a faenar, pasarán la noche en la mar. Nosotros decidimos cenar en un restaurante
que hay al lado del muelle, estamos cansados y no nos apetece hacer la cena.
Después caminamos por una zona en la que había puestos de artesanía, íbamos sin
hablar, oíamos sólo el ruido de las olas, ya en Juanita y como si de una nana
se tratara, cerramos los ojos enseguida y dormimos de un tirón.
El pueblo nos gustó y
decidimos quedarnos un poco más, nos acercamos al puerto y los pescadores están
limpiando el pescado y las vísceras se las dan a las gaviotas, al desayuno se
apuntan los pelícanos, nunca los habíamos visto tan cerca, lo que vemos nos
sorprende, nos quedamos con la boca abierta y con los ojos como platos,
finalmente, poco a poco el ruido va desapareciendo y las aves también, pero
nosotros permanecemos sentados, a la espera que el “alucine” vaya pasando poco
a poco. Recobrada la cordura, se nos acerca un hombre que se presenta como el
Buzo, se llama Nelson y nos dice que tiene 82 años, toda su vida la ha pasado
en Pichidangui, fue buzo y pescador artesanal, es un hombre alto y nunca ha
tomado ningún remedio (medicamento). Nos enseña el lugar donde nació y que el
primer recuerdo que tiene de su vida es la vista del Mar enfrente de su casa.
Me hubiera gustado hablar más con él, pero tenía faenas que hacer y con un buen
apretón de manos nos despedimos. Adiós
señor Nelson, que la salud le acompañe por muchos años.
Nos costó irnos de
Pichidangui, pero tenemos que seguir. Según viajamos hacia el Norte, vemos que
el paisaje poco a poco va cambiando, el verde va desapareciendo para dejar paso
a los tonos ocres, los árboles son escasos y por primera vez vemos cactus. Nos
desviamos de la ruta 5 para conocer Ovalle, hemos leído que tiene una magnífica
estación ferroviaria, entramos en la ciudad y la decepción es mayúscula, a la
estación la han adosado un edificio oficial y está en remodelación. Sin
bajarnos de Juanita pasamos por la ciudad y tomamos la carretera hacia la
Serena, tardamos más de lo normal pues los 72 km que separan las dos ciudades
está en obras. Finalmente, sobre las 20,30 h aparcamos en la costanera de la
ciudad, tenemos como compañeros de “catre” a nuestro buen amigo el océano
Pacífico y a la ciudad de Coquimbo. Pensamos quedarnos unos días en
la Serena, es una ciudad que nos han dicho que merece la pena conocer. Tiene
una parte colonial interesante y playa, que más se puede pedir. Tenemos la
intención de estar unos días en un camping que está próximo al mar y que hemos
leído en blogs que está muy bien. Nos conviene cargar pilas porque el desierto
de Atacama está a la vuelta de la esquina y seguro que nos esperan emociones
fuertes, hasta entonces.
Salud y buen viaje a todos.
Gloria y Antonio.







